Me encaminaba a mi trabajo, un trabajo penoso pero era lo que me
mantenía día a día. Cuando doblé la esquina, pase por enfrente de un alto
edificio. Me di cuenta que era la escuela secundaria a la que asistía cuando
tenía 16 años. Por fuera, tras las rejas, había varios estudiantes hablando,
comiendo, haciendo lo que todo adolescente hace. Sonreí nostálgico al recordar
lo que en ese tiempo pasó. ¿Cómo olvidarlo? ¿Cómo olvidarte, Dalas? Ese
admirable alumno, de cabello castaño claro, ojos verdes e impecable promedio.
Era uno de los mejores alumnos y el más popular, un chico alegre y simpático
capaz de sacar siempre lo mejor de los demás.
Él tenía una amiga, de la cual muchas veces se dudaba que tan solo
fueran amigos, María. Tenía el pelo teñido de blanco platino, cosa que llamaba
la atención de cualquiera que pasara por su lado, ojos claros y una muy
contagiosa sonrisa. En cambio, para mí, ella era una serpiente venenosa que no
dudaba en clavarte los colmillos con tal de sacar algo en su beneficio. Por
desgracia, Dalas no sabía eso, y por mas que se o advirtiera, no creía en ello.
Un día, se empezó a escuchar un rumor sobre Dalas, un rumor que no
quisiera recordar… nadie lo vio venir, y menos de alguien como él. Una cosa
así… ¿Quién podría tener una carga tal sin volverse loco? Yo, al principio,
dudaba de que fuera cierto. Pero, supuestamente, venia de una “fuente
confiable”
Yo, me iba distanciando más y más de Dalas, y, sin darme cuenta, ya casi
no hablábamos en los recreos ni salíamos de fiesta como solíamos. Él, se había
convertido en un ser solitario, vagando por los pasillos del colegio, con
constantes miradas acusantes sobre él.
Un 23 de Septiembre, Dalas llegó al colegio más temprano de lo habitual.
Fue hasta su aula, la número 16, y dejó sus cosas en el banco. No escuchó
cuando las puertas se cerraron. Pero se sintió cuando los papeles pasaron por
debajo de la puerta. Se agachó a recoger uno, luego otro y otro, los leyó
todos. Eran notas de burla y odio, como muchas que tenía acumuladas ya. Esa tarde
Dalas pidió volver a su casa. No lo volvería a ver hasta unas cuantas semanas
después. Era domingo, de noche y recibí un mensaje de él, era una despedida. Al
principio no comprendí a qué se refería, pero cuando lo hice, salí corriendo a
su casa. Al bajar del auto escuché un golpe seco, luego silencio. Recordé que
los padres de Dalas dejaban siempre una llave de repuesto, la busqué e ingresé
al hogar.
Me acerqué a la última habitación del pasillo.
-¿Dalas...?- Mi
voz sonaba temblorosa.
Giré la manija de la puerta y empujé.
La imagen que encontré frente a mí era horrenda, algo que perdurará en
mi mente para toda la vida. Lo único que pude hacer fue salir desesperadamente
de la casa, con lágrimas en los ojos. Nunca dije nada, y siempre me lamentaré
por eso. Siempre me lamentaré de haber sido un cobarde.
Integrantes del grupo:
Duckardt; Natalia.
Parisotti; Camila.

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